¿Soy tú? La identidad fragmentada de José o por qué todos somos poetas

Uno de los conceptos que seguramente habéis oído de boca de un psicólogo o psicóloga es el de “identidad”. Existen términos semejantes como “Yo” o “Self”. Éstos tienen connotaciones diferentes que provienen de tradiciones teóricas y metodológicas diversas que ahora no nos importan. En resumidas cuentas y definiéndolo de forma rápida podemos decir que la identidad es (la definición es totalmente mía y espontánea):

La experiencia subjetiva de autonomía, independencia y estabilidad psicológica a pesar del paso del tiempo. Es la representación cognitiva, la idea que tenemos de nosotros mismos. Esta representación también puede ser entendida como un relato coherente sobre nuestra vida que puede ser comunicable y compartible con los otros. Gracias a nuestra identidad sentimos que el que fuimos hace 20 años y éste que somos hoy son la misma persona (aunque no sea así), que somos una persona diferente de las otras con las que nos relacionamos y disfrutamos de la experiencia del paso del tiempo (pasado y futuro).

Parece muy abstracto. De hecho, en mi opinión es una de las propiedades más modernas, sofisticadas y complejas de los seres humanos ya que requiere el funcionamiento de múltiples sistemas cognitivos. Para empezar es necesario un sistema de memoria llamado “memoria episódica”. La memoria que nos permite recordar eventos personales de nuestra vida. No sé si sabéis que “Re-Cordar” significa etimológicamente “Volver al corazón”. Pero no sólo requiere ese sistema de memoria. Ese requisito es sólo el comienzo de una larga serie de procesos mentales, sociales y culturales.

Yo creo que lo mejor que puedo hacer para mostrar la importancia de la identidad es describir la historia real de personas que por motivos distintos han sufrido una ruptura de su identidad.

En esta entrada voy a contar mi historia con José. Cuando conocí a José vivía en una Casa Hogar para personas con trastornos mentales graves (TMG) hace 16 o 17 años. Yo hacía algún tiempo que tenía experiencia con personas con TMG, pero empezaba a trabajar formalmente en salud mental. José padecía de esquizofrenia paranoide. José era un joven alto de unos treinta y pocos años. Lo recuerdo con la cabeza baja y el mentón clavado en el pecho, brazos caídos y caminando con pasos cortos y estereotipados como si fuera un agrimensor obsesivo que midiera con sus pies de forma reiterada todas las dimensiones del salón de la Casa Hogar. Alguna que otra vez contaba con sus dedos alguna desconocida dimensión en silencio. Cuando alguna persona le generaba alguna emoción intensa, ya sea positiva o negativa, se confundía psicológicamente con esa persona de forma de que empezaba a dudar con gran angustia de quién era. Esa persona o carácter podía no estar presente, por ejemplo ser un famoso que aparecía por televisión. Una vez se confundió con Norma Duval. – ¿Soy Norma Duval?- preguntaba en el salón de la Casa Hogar repetidamente y con evidente nerviosismo mientras veía la televisión. Una noche en la que estaba especialmente angustiado y pesado, todo hay que decirlo, le escribí en un papel “Tú eres…” y su nombre completo y le dije que cuando dudara de quién era se lo sacase del bolsillo y lo leyera en voz alta. A ver si así dejaba de preguntar. Le sirvió durante un par de horas, creo recordar, después volvió a preguntar insistentemente y ansiosamente si él era tal o cual persona.

En una ocasión José me realizó una pregunta que me dejó estupefacto por la profundidad y trascendencia de la misma. Me pareció una pregunta de envergadura bíblica. De la misma entidad que preguntas como ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? O ¿Qué es la verdad? La pregunta contenía dos palabras: ¿SOY TÚ?

José disfrutaba de una identidad tan vulnerable que sus límites se confundían con los límites de otras identidades. Es como si nuestra piel, que separa nuestro interior del mundo exterior se fundiera con otros límites corporales. Sólo que ahora hablamos de límites psicológicos. Ronald Laing, uno de los fundadores de la llamada anti-psiquiatría (aunque era psiquiatra) denominada a esta experiencia típica de los pacientes con esquizofrenia como “Inseguridad ontológica”. Muchos de los síntomas de las personas diagnosticadas con TMG como, la difusión o control del pensamiento, las alucinaciones auditivas, etc. se pueden relacionar con la pérdida de los límites psicológicos que separan nuestro yoes de los otros yoes. José sentía pánico a ser invadido por otras identidades y ser fragmentado en miles de pedazos. No podía gestionar adecuadamente el amor, la rabia, el interés de otras personas, la amistad, cualquier acto de comunicación o intimidad.

¿Pero realmente es tan extraña esta experiencia de disolución de nuestros límites? ¿Nunca hemos sentido que una relación nos ahoga y necesitamos distancia para saber quiénes somos? ¿O nunca nos hemos enamorado y hemos tenido tanto una persona en nuestra mente que casi hemos visto por sus ojos? O ¿hemos perdido a alguien, una ruptura o una muerte, y hemos descubierto que ya no podremos ser el que éramos? ¿No es esta fusión de identidad también propia de situaciones éxtasis y de comunión con otras personas?

Y es que las dudas de José son de una gran lucidez. Al igual que el asmático es especialmente consciente del aire, José era consciente de una realidad a la cual no podemos acceder fácilmente por ser invisible. José también sentía que no había ningún yo esencial, que nuestra identidad está compuesta de retazos de otros yoes con los cuales nos comunicamos y vivimos, con otras voces que interiorizamos y que se relacionan entre sí. ¿Nunca os habéis sorprendido y extrañado al utilizar una expresión, incluso un tono de voz, propio de una persona de vuestro pasado, de otro momento de vuestra vida, quizás de una antigua pareja?

Son muchos los acontecimientos que pueden fracturar esa delicada construcción de nuestra identidad. Porque no es más, ni menos, que una compleja construcción, una ficción que se manifiesta en una historia que escribimos de la mejor manera posible y que nos permite vivir en sociedad.

Todos somos, queramos o no, escritores y poetas.

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Un ictus, un virus que penetra en el cerebro, una enfermedad mental o una experiencia traumática pueden provocar que nuestra historia sea más difícil de escribir y que necesitemos la ayuda de un buen amigo, un sacerdote, o un buen psicólogo o psicóloga que nos ayude a reelaborar nuestra historia.

Si queréis saber más sobre la importancia de las narrativas en la construcción de la identidad podéis encontrarla en varios de mis artículos. En esta páginas os podéis bajar libremente muchos de ellos.

https://www.researchgate.net/profile/Javier_Saavedra/publications?sorting=newest&page=2

También podéis echar un vistazo a esta entrada mía de un blog sobre Arte y Psicología que hemos abierto algunos alumnos/as y compañeros:

http://arteypsicologias.blogspot.com.es/2015/02/sobre-artistas-yoes-y-dobles.html

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