Voluntad de creer

Unas semanas atrás me encontré con una antigua compañera de facultad. Fue en una librería, nos interrumpimos el paso mientras explorábamos unos estantes, al levantar la mirada nos reconocimos. Siempre me han gustado los tropiezos en las librerías o bibliotecas. Verónica, así se llama, no fue una alumna popular. La recuerdo sentada a solas en las últimas bancadas de las aulas, siempre en silencio y sin intervenir en clase. No obstante, cuando lo hacía, no formulaba nunca las preguntas habituales sobre el temario o rogaba alguna aclaración. Sus cuestiones iban más allá de los contenidos y siempre se mostraba implicada emocionalmente con sus comentarios y dudas. No acudía mucho a clase. Yo tampoco lo hacía en el último año de la licenciatura cuando la conocí. Por aquel entonces me lesioné de ligamentos cruzados, la operación y la prolongada rehabilitación me arrebataban mucho tiempo. Entablamos cierta amistad. Ella era muy creyente. Me refiero a que pertenecía a una familia evangelista en la cual se creía en la realidad literal de los episodios que narraba la Biblia. La religión y sus prácticas eran el centro de la vida de la familia. Yo discutía con ella sobre el carácter exegético, interpretativo, y por lo tanto literario, de la Biblia y los Evangelios. Como yo también me considero creyente y comprendía las inquietudes de Verónica, y no sólo no me disgusta, sino que me apasiona discutir sobre religión, establecimos una buena comunicación.
Unos meses antes de terminar sus estudios, Verónica se cayó del caballo, mejor dicho se subió al mismo, porque se convirtió en una atea militante. Sus creencias religiosas ya se encontraban en un precipicio previamente. La muerte en un accidente de tráfico de una tía suya que había sido como una madre y la respuesta de la iglesia, a la que la tía también había pertenecido, mediante cánticos carismáticos, oraciones y vigilias para dar las gracias había sido demasiado. Para remate, Verónica se terminó enamorando de un doctorando de psicobiología, un chaval ilustrado, descreído y con ganas de disfrutar de la vida, que la introdujo en otros círculos más mundanos y sofisticados que terminaron por mostrar otra realidad a Verónica.Recuerdo una de las últimas conversaciones con Verónica.

– ¡He vivido, Javier, toda mi vida en una secta! He sido víctima del pensamiento grupal que tan bien definió Irving Janis. Todo el mundo a mi alrededor pensaba igual. Todos se amaban y pensar distinto era como un acto de desamor. No se veía bien el contacto con gente que pensara distinto. ¡No sabes lo que luché para que me dejaran estudiar! Además, esas creencias eran tan esenciales para mí que no prestaba atención a ninguna fuente de información que refutara las mismas.

Dejé a Verónica ocho años atrás en medio de una traumática ruptura con su mundo anterior, incluida su familia, pero entusiasmada ante el descubrimiento de nuevas ideas y valores. Estaba nerviosa al tiempo que deseosa de descubrir otra forma de vivir. Ahora, diez años después, me intrigaba mucho la situación de Verónica.
La verdad es que no lo hubiera imaginado. Verónica convivió con su príncipe azul seis o siete años. Poco a poco, el sistema de valores basados en la ética laica y progresista de su nuevo círculo se fue transformando en hipócrita y superficial. ¡Unos nuevos progres burgueses que llevan a sus hijos a escuelas privadas de élite, incluso religiosas, mientras que se ríen de las creencias irracionales del pueblo! Se lamentaba Verónica. Todo terminó cuando el príncipe azul se convirtió en ogro. Según Verónica acabo engañándola repetidamente con otras mujeres. De nuevo, todo un conjunto de creencias sobre las reglas de funcionamiento del mundo y su jerarquía de valores se vino abajo. Verónica no podía volver atrás y no podía mantener unas creencias que ahora pensaba que eran falsas. Estaba en medio de un abismo sin referencias.

– Vivo en medio del error. Normalmente abandonamos una certeza para sumergimos en otra certeza. Dejé de creer en la literalidad de la Biblia para creer que Dios no existía, que la razón podía explicarlo todo y darme sentido. Vamos esquivando la experiencia del error. Ahora estoy huérfana de toda creencia, de cualquier teoría. Incluso me es difícil creer en mí. No sé quién soy. Todos somos máscaras. – Reflexionaba lúcidamente Verónica.

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La sinceridad de Verónica me pareció admirable y su situación extraordinaria. No sólo era cierto lo que afirmaba, sino que cuando saltamos de una certeza a otra, incluso contradictoria, modificamos nuestros recuerdos para no perder coherencia. Hay innumerable evidencia empírica que lo demuestra. Por poner sólo un ejemplo, un psicólogo llamado Greg Markus preguntó a miles de personas por sus creencias y actitudes ante cuestiones políticas y sociales relevantes. Una década después pidió que volviesen a valorar sus actitudes sobre las mismas cuestiones y también que recordasen sus opiniones 10 años antes. Los resultados fueron concluyentes. Las personas habían deformado el recuerdo de sus creencias pasadas de forma que se asemejasen lo más posible a las actuales, recordando a veces incluso justo lo opuesto a lo afirmado 10 años antes. Y es que estamos diseñados para creer, necesitamos creer y huir de la experiencia del error.

– Ahora eres libre. Ese vacío que sientes eres tú. Debes decidir en qué creer- me atreví a aconsejar un poco pedantemente. Todo hay que decirlo.
– ¿Pero con qué fundamento? ¿Sobre qué base?- preguntó casi suplicando.
– No hay fundamento ni base, ya lo has comprobado…solo voluntad de creer.
– ¿Y la ciencia no nos puede ayudar en elegir un sistema de valores? Tú investigas, trabajas en la Universidad…
– El día que exista fundamento científico para la existencia de Dios, seré el primer ateo.- interrumpí sonriendo sarcásticamente- Por muchas pruebas que busques, al final todo se reduce a lo mismo, voluntad de creer y, en mi opinión, esto vale para cualquier teoría, incluso teorías científicas. Tu certeza de que yo sea un ser humano y no un robot, no es más que una creencia, voluntad de creer. Como ya sabes, no tienes ninguna prueba concluyente de que yo tenga conciencia.
A Verónica no le gustó mi respuesta.
– Eres un cínico – me dijo con una media sonrisa. Me acordé de la definición de cínico del “Diccionario del Diablo” escrito por Ambroise Bierce: “Sinvergüenza cuya visión defectuosa le hace ver las cosas tal como son y no como deberían ser”. Me lo tomé como un piropo de una mujer inteligente.

Poco después nos despedimos y nos deseamos buena suerte. No creo que ayudase a Verónica. Pero uno tiene esos días. No siempre va a comportarse como un terapeuta las 24 horas. Sirva este texto como disculpa. Además Verónica es una chica valiente y brillante, le irá, sin duda, bien en la vida. Lo último que recuerdo del encuentro fueron los reflejos de su peculiar cabello pelirrojo al alejarse.

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