Ladrones de cadáveres y el síndrome de muerte en la cuna: Una historia oculta de la ciencia

(Nota: Excepto los personajes del Dr. Schwartz y el profesor Franz Xaver von der Caven, todos los caracteres, controversias y hechos científicos que aparecen en este relato son históricos).

El Dr. Schwartz estaba convencido de que existía una razón fisiológica para las muertes de bebés que estaban destrozando muchas familias de Edimburgo. Él mismo había sido víctima de la terrible experiencia de ver a su bebé de cinco meses inmóvil y frío una mañana de Enero tras arroparlo en perfectas condiciones la tarde anterior.
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Todavía recordaba los gritos de su mujer y la impotencia y desesperación que lo invadieron hace un año. Cuando en una familia acontecía esta terrible tragedia, todo el barrio comenzaba a cotillear, difamar subrepticiamente en contra de la familia. “Lo maltrataban, no lo han sabido cuidar, nunca ha sido una buena mujer, un castigo de Dios”. Es lo propio de la condición humana. Supersticiones grotescas en la era de la ciencia y el desarrollo tecnológico de principio del siglo XIX. Al final la familia sufría el aislamiento de la comunidad. Desde entonces el doctor sólo vivía para resolver el misterio. Su matrimonio fracasó y hacía varios meses que no sabía de su mujer.

Encerrado en el laboratorio de autopsias de la Universidad de Edimburgo estaba convencido que si realizaba la autopsia a un número adecuado de bebés sanos y los comparaba con los fallecidos por el síndrome de muerte en la cuna hallaría una causa razonable de estas muertes. La primera autopsia que realizó fue la de su propio hijo.

Tras un año de trabajo obsesivo estaba a punto de dar con la solución del enigma. En comparación con los bebés muertos por otras causas, los muertos por el síndrome de la muerte en la cuna parecían albergar una glándula del timo extremadamente grande. El Dr. Schwartz, después de decenas de autopsias a bebés, era capaz de realizar una escisión casi automática a la altura del esternón y detrás de éste, justo delante de ese músculo que llamamos corazón, encontrar en pocos segundos la glándula, extraerla, pesarla, medirla, dibujarla y conservarla para su posterior estudio y comparación.

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Para poder afirmar con rigurosidad científica las causas del síndrome, el Dr. Schwartz necesitaba decenas y decenas de cadáveres de bebés. Estaba cerca. Pero necesitabas unos cuantos cadáveres más. No tuvo más remedio de pedir ayuda para contactar con “resucitadores”, esos canallas diabólicos sin los cuales la medicina de principio de siglo XIX no hubiera podido avanzar. Seres de la peor calaña que desenterraban cadáveres de los cementerios y los vendían a los científicos. Incluso asesinaban para proveer de carne fresca a los investigadores y estudiantes. Sobre todo después de la revocación del “código sangriento” por la cual las ejecuciones por delitos se vieron reducidas drásticamente y las universidades y laboratorios se vaciaron de cadáveres. Si al menos, hubiera habido alguna guerra. Quien piense que el conocimiento no tiene un coste se equivoca. Por algo Dios nos prohibió tomar alimento del Árbol de la Ciencia.

original[1]

Muy pronto la histeria se extendió por la comarca. Los muy ricos se hacían depositar en ataúdes cada vez más sofisticados, casi como cajas fuertes, incluso con vigilancia continua. Eso sí, que siempre se pudieran abrir desde dentro y con sistemas de comunicación con el exterior para evitar la tapefobia o miedo a ser enterrado vivo, también muy extendida por entonces. Así, que, como no, sólo fueron los pobres y miserables los que proveían de material a la ciencia.

El Dr. Schwartz requirió ayuda de un prestigioso colega, el Dr. Robert Knox, el cual disfrutaba de contacto fluido con los “resucitadores”. Éste le puso en contacto con el único resucitador dispuesto a proporcionarle el material necesario, William Burke. Después de seis meses de negocios con ese despreciable ser humano, el Dr. Schwartz ya no lo necesitaba más, despachó a Burke tras pagarle lo acordado y se dispuso a realizar sus últimas autopsias.

Tras media hora trabajando, durante la cual le dio tiempo a extraer y pesar adecuadamente una glándula confirmando su hipótesis, oyó un latido sordo y lejano que se fue transformando en un murmullo creciente que no se podía identificar. Los muros de la Universidad eran gruesos. Lo que o quien emita ese sonido debe ser temible, pensó el doctor. Y tenía razón porque provenía de la ira y la rabia de cientos de indigentes, miserables humillados a los que asesinaban y a los que robaban los cadáveres de sus seres más queridos. El Dr. Schwartz tardó unos minutos más en atribuir a una masa iracunda los sonidos que estaba oyendo en la lejanía. Al identificarlos supo que no le quedaba mucho tiempo. No era la primera vez que pasaba. Sin lugar a dudas, Burke había sido  detenido y habría confesado. William Burke terminó ahorcado y su cuerpo, en un acto de paradójica justicia, fue donado a la ciencia.

El doctor corrió hacía sus carpetas con sus apuntes y se dispuso a anotar la última idea. “Causa del  síndrome de la muerte en la cuna…”, respiró profundamente antes de escribir las últimas palabras,”…hipertrofía timicolinfática que obstruye la tráquea”. Llamó a uno de los últimos ayudantes que quedaban en la facultad y que estaban huyendo por detrás del edificio y le rogó que le entregara sus manuscritos a un médico del sur de Bohemia que estaba visitando la Universidad y que partía al día siguiente, el profesor Franz Xaver von der Caven. El profesor Franz Xaver era un discípulo de Ernst Heinrich Weber, uno de los fundadores de la psicología experimental.

El Dr. Schwartz no huyó. Se parapetó en su laboratorio para intentar retrasar a la masa y dar tiempo a los ayudantes a escapar, especialmente al que transportaba la nota. Murió linchado por la muchedumbre. Sus últimos pensamientos fueron de compasión ante la masa humana que lo destrozaba. Gracias a él, muchos hijos de estos miserables serán salvados y sonrió antes de morir.

El profesor Franz Xaver, hizo su papel. Protegió lo manuscritos, verificó la teoría del Doctor Schwartz con nuevos estudios experimentales y él y sus colegas difundieron los resultaos. Rápidamente la comunidad científica aceptó la explicación del estatus timicolinfático como etiología del síndrome de muerte en la cuna. Incluso el Doctor Rudolph Virchow, uno de los fundadores de la patología científica, fue un defensor de la teoría. En poco tiempo se propuso un posible tratamiento: irradiar el timo para disminuir su tamaño en los recién nacidos. Al fin y al cabo no se sabía exactamente para que servía el timo. El síndrome no disminuyó y, sin embargo, en las siguientes décadas surgieron decenas de miles de casos extraños de cánceres en la glándula tiroidea, cercana al timo, en familias de la alta sociedad. ¿Una venganza de los miserables?

En el siglo XX se estableció la interacción entre el estrés y el sistema inmunitario. Hoy en día es bien sabido que el estrés crónico puede atrofiar la glándula del timo y deprimir nuestro sistema inmunitario. En la glándula del timo maduran nuestros linfocitos T, esenciales en nuestras defensas. Así que es lógico que bebés con mala alimentación, sin sueño y malos cuidados sufrieran una atrofia del timo. De este modo, la deducción del Dr. Schwartz era errónea. Los timos de los bebés muertos debido al síndrome de muerte en la cuna eran normales. Los que eran anormalmente pequeños debido al estrés y a la pobreza que padecían eran los timos de los bebés de los pobres que eran robados.

Hoy en día todavía no se conocen las causas exactas del síndrome. No obstante, una crisis por falta de oxígeno en los primeros meses de vida fetal puede originar una malformación del tronco cerebral y el núcleo arqueado del cerebro. Zonas que controlan y regulan la respiración. Estos problemas podrían estar relacionados con el síndrome.

Moraleja:

1.-  La ciencia no debe convertirse en un valor absoluto.

2.- Jamás deben olvidarse los factores ambientales, contextuales, históricos y culturales. Organismo y ambiente van inextricablemente unidos.

3.- Se puede aprender de ciencia leyendo un cuento.

Saavedra, Javier. (Año, día mes (de la publicación del post)). Ladrones de cadáveres y el síndrome de muerte en la cuna: Una historia oculta de la ciencia. Arder en Preguntas. Recuperado día mes, año (que accediste a la información) de: https://arderenpreguntas.wordpress.com/

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