Adictos al porno

La Real Academia de la lengua define la pornografía como la “presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación”. La pornografía implica la ausencia de distancia, la muestra de procesos corporales de carácter íntimo de forma pública. La pornografía desvela nuestros cuerpos, y los cambios en ellos acontecidos durante la práctica del sexo, en primer plano y a un nivel, podríamos decir, casi microscópico. Evidentemente, la producción y comercialización de la pornografía tiene, entre otros, motivos mercantiles. En definitiva, es un gran negocio.

El porno provoca adicción en parte porque al responder a una necesidad fisiológica puede producir excitación, en parte porque satisface nuestro morbo, la curiosidad y el deseo de todo ser humano, unos en mayor o menor intensidad, de participar u observar lo prohibido, impúdico o lo truculento. Pero no voy a hablar de la pornografía sexual y lo más o menos adictos que somos a la misma, sino de nuestra adicción a lo que yo llamo “pornografía emocional”.

Al igual que la pornografía sexual, la emocional tiende a mostrar intensos procesos emocionales de forma impúdica, sin ningún tipo de distancia, haciendo alarde de todos los detalles posibles y si es posible alargando y exagerando las pasiones sentidas por los protagonistas. Así, las personas son expuestas a la observación pública de sus emociones sin ninguna distancia ni protección. Otra característica del porno emocional es su tendencia a describir cualquier hecho en términos dramáticos o intensamente emocionales: “si lo digo con pasión es más verdad y voy a ser más escuchado”. Tenemos numerosos ejemplos del éxito de esta pornografía y de la adicción que provoca. Por ejemplo, programas como “Gran Hermano” y “Sálvame”, los numerosos “Realities” o los programas de talentos están basados en este tipo de pornografía. Estos programas son, precisamente, los que disfrutan de más audiencia. Los invitados saben y aceptan que por dinero van a ser destripados y expuestos emocionalmente y que llorarán, sudarán, se irritarán, se deprimirán, se humillarán o amarán y sufrirán de todos los cambios fisiológicos imaginables en público. Evidentemente, algunos o muchos de estos personajes acabarán convirtiéndose en profesionales de la pornografía emocional, como ocurre con la sexual, y lógicamente adquirirán habilidades dramatúrgicas, pero este hecho no invalida los argumentos que estoy usando.

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La presencia del porno emocional no se reduce a la prensa o la tv rosa. El porno emocional es uno de los signos de nuestro tiempo. Los informativos están totalmente impregnados de porno emocional. Desde hace bastantes años en invierno “no descienden las temperaturas”, “sufrimos olas de frío”; a las costas de Tarifa no “arriban dos pateras con 60 inmigrantes”, sino que “una multitud de subsaharianos desembarcan en nuestras costas”; o por poner el último ejemplo, una mujer no “es asesinada por su expareja”, sino que “una mujer es apuñalada repetidamente en medio de la calle por su antiguo marido y éste sale huyendo”. El lenguaje del porno emocional es connotativo y siempre viene acompañado por imágenes también connotativas. El ejemplo clásico en los casos de violencia de género es el primer plano del charco de sangre. ¿Qué información añade ese plano? Ninguna. ¿Por qué se incluye casi siempre en los informativos? Porque nos activa emocionalmente y satisface nuestro morbo emocional. Es rentable.

No interpreten este escrito como una crítica moralista al porno emocional, ni mucho menos al sexual. Tanto uno como otro pueden ser saludablemente consumidos, siempre y cuando no invada el resto de nuestra vida, no se convierta en objeto de consumo constante ni en una adicción con su tolerancia y síndrome de abstinencia asociado.

¿Por qué predominan las emociones negativas en el porno emocional? El odio, ahí están los odiadores profesionales en las redes (Trolls); el miedo, que sabemos que se transmite más rápido que cualquier virus; la envidia, etc. También circulan noticias y emociones positivas, pero sabemos fehacientemente que el miedo se imagesNXQE3S96propagará más rápidamente y eficazmente que cualquier emoción positiva. ¿Si no por qué los políticos usan el miedo tan frecuentemente? Un siglo de investigación en psicología nos muestra que estamos diseñados especialmente para identificar emociones negativas como la rabia o el miedo. Somos especialmente vulnerables a estas emociones ya que jugaron un papel esencial en la supervivencia de la especie. También sabemos que al contrario que las emociones positivas, las negativas son más resistentes al paso del tiempo y a la habituación. Teorías como la “Ley de asimetría Hedónica de Fridja” y la “Teoría de los procesos oponentes de Solomon” nos indican que existe un sesgo hacía las emociones negativas en el ser humano. A nivel individual es una mala jugada, pero a nivel de la especie aumenta la probabilidad de supervivencia. Al menos hasta hace unos siglos. No estoy seguro que en el presente mundo hiper-tecnificado y conectado este sesgo sea un factor de protección para la especie. Ya veremos, o mejor dicho ya lo verán las próximas generaciones.

La privacidad y la intimidad, un espacio personal e intransferible donde encontrarse con uno mismo y donde explorar la identidad y poder experimentar las emociones de forma segura, son imprescindibles para la salud mental, la autonomía y el crecimiento personal. Una habitación propia con cerradura y llave, como decía Virginia Woolf, pero en este caso interior. De hecho, la capacidad de mentir se considera un progreso psicológico en el desarrollo de los niños ya que muestra el nacimiento de ese espacio interior. Si todos fuéramos trasparentes, si nuestras emociones si hicieran totalmente públicas, que por cierto es una de las experiencias psicóticas más espantosas, sencillamente dejaríamos de ser humanos, seriamos incapaces de sentir empatía y de ser autónomos. Nos convertiríamos en máquinas. Para promover y cultivar ese espacio son necesarios una buena dosis de soledad, silencio y desconexión. Y cada día más estos espacios están siendo extirpados de nuestras vidas. ¡Huye de cualquiera que te exija transparencia! ¡No confíes en quien te diga que siempre es sincero y que dice siempre lo que siente! O son acosadores, manipuladores o no tienen una madurez psicológica adecuada. Al contrario acércate a quien mantenga una saludable distancia contigo, quien promueva y respete tus espacios de privacidad, e intimidad, quien te reconozca como un ser diferenciado y autónomo. Con ellos podrás tener algunos momentos de comunicación y afecto que te harán crecer.

Las emociones son el último objeto masivo de consumo, el último fetiche del capitalismo. La tierra, el agua, el sol, innumerables objetos fabricados en masa, nuestros cuerpos (ahí están la trata de blancas, la prostitución, o el cuerpo femenino, también a veces el masculino, como objetos de consumos en la publicidad) forman parte ya del mercado. Como decía Hanna Arendt “el Mercado”, “el Capitalismo”, aunque parezca paradójico, es el mayor enemigo de la propiedad privada. Y tanto es así que nos quiere arrebatar lo más íntimo que poseemos para llevarlo al mercado: nuestras emociones. Cada parte de nuestros cuerpos debe ser expuesta en público para que genere plusvalía  y cualquier intento de privar al Mercado de una parte del mismo es un escándalo. Del mismo modo, nuestras emociones deben poder venderse y comprarse en público. Eso, nuestras emociones, es lo que se vende hoy en día en gran parte en los medios de comunicación.

Especialmente prdaily_star.750eocupante es el uso de la pornografía emocional en el tratamiento del terrorismo. Cada vez que acontece algún atentado en Europa nos enfrentamos a titulares en los mass media de este cariz: “El atentado al minuto”, “En imágenes: el caos tras el ataque”. “Terror en el centro de Londres en imágenes”. Todo ello aliñado con imágenes de víctimas sangrando y algún que otro miembro amputado o dislocado. Los medios no se limitan esencialmente a informar de la gravedad de los hechos, si no que se preocupan por mostrar de forma transparente el miedo, el terror, el sufrimiento y el dolor, incluso físico, de las víctimas. Y si este no es muy llamativo, se intensifica. Y si casi no existe, se crea. Da lo mismo que un familiar de la víctima pueda estar presenciando las imágenes en directo de una catástrofe, el periodista o el director de informativo ni se plantea esta cuestión. Si no existieran los mass media, los terroristas tendrían que inventarlos.

¡El ISIS es esencialmente una gran franquicia! ¡Una marca! ¡Un símbolo creado por grandes publicistas que conocen nuestra adicción al porno! Nuestra adicción al porno emocional, los mass media, la sociedad de consumo y las psicopatologías que provoca, el aislamiento, la falta de sentido en la vida y el nihilismo de decenas de miles de personas (que lo mismo matan por la yihad que por cualquier otra idea) son los ingredientes que componen este plato. Si nuestra civilización sobrevivirá a sus contradicciones es algo que todavía no podemos predecir, pero imperios más grandes han caído…

Para citar la entrada:

Saavedra, Javier. (Año, día mes (de la publicación del post)).Adictos al porno – Arder en Preguntas. Recuperado día mes, año (que accediste a la información) de:https://arderenpreguntas.wordpress.com/

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