¿Qué hay de malo en ser una piedra? I

Recorríamos un sendero que bordeaba una colina en el “Bayerisher Wald” (Bosque Bávaro), un parque natural al este de Baviera. El camino ascendía y se encontraba delimitado por la nieve que había caído de madrugada y que todavía no se había derretido. El sol de la primera hora de la mañana golpeaba nuestros ojos casi cegándonos. Caminábamos hacía el este.

Yo la había abrumado con una perorata, aunque sincera y apasionada, de ideas y argumentos sobre mi necesidad de que, si existiera algo más allá de la muerte, no fuera simplemente un disolverse en un todo, como lo quisiéramos llamar. ¡Necesitaba que se respetara mi historia personal, mi identidad! Ella continuó callada y caminando. Resbaló y algunas rocas cayeron por un terraplén rompiendo el silencio. Instintivamente la cogí de la mano, en ese momento me miro a la cara desde abajo y preguntó.
– ¿Qué hay de malo en ser una piedra?
Hace más de una década de este suceso, pero la pregunta sigue estando muy presente. Hay preguntas que alimentan y no deben ser respondidas. De hecho, la guardo con mucho cariño, como otras muchas experiencias y palabras que brotaron de esa relación y que me cambiaron para siempre.
Hace unos días ha vuelto de nuevo a mi mente la pregunta y su voz. Fue justamente cuando leía un libro desconcertante e imprescindible, “la Presencia Pura” de Christian Bobin. En este libro de prosa poética Bobin describe su relación con su padre de Alzheimer internado en una residencia. Al principio de la obra, Bobin, compara a su padre con un viejo árbol del jardín del sanatorio, comparación que articula toda la obra.

“Mi padre ha ingresado hace tres meses en una casa de la que ya no saldrá. Tiene la enfermedad de Alzheimer. Mi padre y ese árbol me conducen hacía los mismos pensamientos. De uno, naufragado en su espíritu, y del otro, sorprendido por el otoño, espero y recibo la misma cosa”

Alicia Martínez, poeta, editora y traductora de la “Presencia Pura” de Bobin me recomendó y regaló un ejemplar del mismo. En caso contrario hubiera sido difícil que lo hubiera encontrado. Bobin es aún un autor ignoto. Alicia fue una de las invitadas de las XIV Jornadas de Reflexión de Acción Verapaz, “Espiritualidad y trascendencia en una sociedad secularizada”, que me dispongo brevemente a reseñar.
Alicia compartió su camino de silencio y el impacto de la práctica del mismo en su vida. Defendió que el silencio es una de las fuente de espiritualidad, especialmente en un mundo en que estamos hiperconectados y en el que el ruido domina nuestras vidas. “toda palabra verdadera debe partir del silencio”. El silencio permite la búsqueda de la esencia de uno mismo, búsqueda que no es fácil ni agradable y que implica tarde o temprano el encuentro con el “vacío” y con una “noche oscura del Alma”. Encuentro que hay que aceptar.

Alicia también nos comentó las aportaciones de algunas corrientes espirituales transversales, como “la no dualidad”, que están logrando acercarse a las nuevas generaciones, aunque estas corrientes sean ancestrales. Estas ideas no tienen que ser contradictorias con las grandes tradiciones religiosas occidentales, pero presentan una imagen, un discurso y rituales diferentes.

En la misma mesa redonda, Juanma Palma, fundador del proyecto transrreligioso Berakah (http://www.espaciosberakah.com/) e impulsor del término espiritualidad de frontera, sugirió la necesidad de un proceso de desconstrucción de nuestras creencias, no para prescindir ni renegar de ellas, sino para disfrutar de identidades más porosas que nos permitan alcanzar un nuevo paradigma transrreligioso. Juanma describió brevemente los tres grandes ejes espirituales que estructuran las creencias del ser humano y las grandes tradiciones religiosas.

El paradigma de “la divinidad”, fundamentado en la palabra, la memoria y la promesa. De carácter histórico, personal y antropológico. El propio de las tres grandes religiones monoteístas. El que yo defendía mientras paseaba por los bosques de Baviera. El carácter profético de las religiones monoteístas, su énfasis en la justicia y la promesa en un mundo mejor ha sustentado la construcción de nuestro concepto de “yo” como seres autónomos. Todos los grupos de lucha política y social, aunque se declaren ateos, se basan en esta tradición. Adolf Hitler fue consciente de ello: “El golpe más fuerte recibido por la humanidad fue la llegada del Cristianismo. El bolchevismo es hijo ilegítimo del Cristianismo y ambos son invención de los judíos”.

El paradigma “Cósmico”, cuya propuesta es una trascendencia inmanente, descubre en la Naturaleza el hogar del que partimos y al que volveremos. Prescinde del concepto del yo tal como lo entendemos en nuestra cultura occidental para fusionarlo gustosamente en la realidad cósmica. Entiende la conciencia y el yo en el Ser Humano como un chispazo casi milagroso, pero no por ello más sagrado que cualquiera de las criaturas que habitan el cosmos. Las corrientes ecológicas contemporáneas o los cultos esotéricos ancestrales a la madre tierra de muchos grupos tribales comparten este paradigma. La ética del cuidado a la naturaleza y a los seres que la habitan, no como instrumentos de progreso que haya que dominar sino como elementos de un todo orgánico sagrado del que formamos parte los seres humanos, se alimenta de este paradigma.
Una trascendencia inmanente posibilita una espiritualidad laica basada en la ciencia. Negar lo sobrenatural no es negar lo espiritual. Cómo diría Carl Sagan, “somos polvo de estrellas”, y este sentido de pertenencia cósmico pueda dar sentido a la vida.
https://youtu.be/VPgml6uFHYk

Por último, el paradigma “oceánico”. Este puede considerarse un modelo de inmanencia trascendente y es propio de las religiones de oriente como el Budismo y el Hinduismo. En éste la realidad se considera un todo que fluye y en el que la Conciencia emerge y se sumerge en el tiempo y el espacio. En el modelo oceánico no existe progreso lineal o histórico, como en el cristianismo, sino que el progreso es hacía adentro. La idea de reencarnación ejemplifica claramente este carácter circular de estas tradiciones religiosas.

Según Javier Melloni (Vislumbres delo real), en las religiones histórico-proféticas se busca el compromiso con la comunidad y con una historia que hay que mejorar. En las religiones cósmicas se busca sobre todo el equilibrio con el entorno natural. En las oceánicas, el acento está puesto en la superación de los límites del yo en un estado transtemporal de unión con el todo.

Evidentemente estos paradigmas no son compartimentos estancos y pueden interactuar y relacionarse. Por ejemplo, dentro del Catolicismo probablemente San Francisco de Asís puede considerarse más cercano al paradigma cósmico. El maestro Eckhart, dominico del siglo XIII, con su teología negativa puede relacionarse con el paradigma “oriental”. En la Iglesia Católica podríamos hablar de Hidelgarda de Bingen, Santa Teresa de Ávila, San juan de la Cruz, etc. Dentro de la tradición musulmana podríamos mencionar de los místicos sufistas, por ejemplo Al-Ghazali en el siglo XI. En general, todos los místicos navegan en las fronteras entre paradigmas y en numerosas ocasiones son perseguidos o denunciados por los guardianes de la ortodoxia dentro de cada una de las tradiciones.Por ejemplo, el maestro Eckhart fue condenado por algunas de sus ideas por Juan XII en un proceso desarrollado en Aviñón y fue rehabilitado en 1992 por la Congregación de la Doctrina de la Fe.

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