El sadismo y el masoquismo como forma de olvido de sí mismo

 

Te levantas una mañana, respiras y te sientes vivo, consciente de ti mismo y del mundo de posibilidades que se abre ante ti. Pero lo que acompaña a esa sensación no es un sentimiento de bienestar, sino todo lo contrario: una sorda y difusa angustia, una especie de tedio, soledad y cansancio. Rápidamente piensas en la cantidad de decisiones que debes tomar y te preguntas si será así siempre hasta la muerte. Desechas esas reflexiones como inútiles. Duran unos pocos segundos y te sumerges en la actividad del día y en intentar solucionar los problemas inmediatos.

La conciencia, la percepción inmediata de la existencia de un “yo” individualizado, al mismo tiempo finito, tremendamente vulnerable al azar de cualquier contingencia y libre de elegir un camino determinado, es tremendamente costosa, produce cansancio. Todos en un momento u otro hemos sentido el tedio de existir, aunque a lo mejor no le hemos puesto nombre y se lo hemos achacado a la crisis de los cuarenta o a nuestra pareja. Ese aburrimiento y cansancio existencial ha sido señalado por muchos filósofos, poetas y literatos.  Baudelaire lo denominaba “spleen”. Para Sartre “El Ser Humano es angustia” como consecuencia de la pesada carga de la libertad que soporta. Éste siempre nace y muere en soledad y absoluta libertad, ese es su máximo desamparo. Para Kierkegaard la angustia es la emoción que siente la persona que se detiene al borde de un abismo y padece al mismo tiempo el terror y el impulso de arrojarse. La angustia proviene de poseer la libertad de poder elegir. Tirarse o no. Para este filósofo la angustia es condición necesaria de la conciencia. Milan Kundera denomina a este tedio existencial como “la insoportable levedad del ser”, estupenda novela. Es curioso que todos, o la mayoría, de los pensadores relacionan la angustia con la libertad. Los psicólogos experimentales sabemos que cuando se aumentan las posibilidades de elección, el coste cognitivo de elegir aumenta, creciendo el estrés, el cansancio, bajando la calidad de las decisiones e incluso provocando la renuncia a elegir.

No es extraño que en un mundo cada vez más globalizado, desacralizado, sin referentes, complejo, competitivo e imprevisible como el nuestro, donde las posibilidades de elección se multiplican, el uso de psicofármacos se dispare. La sociedad de consumo se basa en ello, en la paradójica multiplicación hasta el infinito de la posibilidades de elegir (Saavedra, 2007). Tampoco es extraño que huyamos de la soledad y el silencio ya que éstos nos hacen encontrarnos con nosotros mismos y con la inquietante condición humana. Queremos embriagarnos, perdernos en un mar de actividades o de contactos sociales,  olvidarnos de nosotros mismos de mil maneras (Le Breton, 2016). Las hay más o menos sanas, la meditación o el deporte, el sexo (ésta junto con el deporte son de las más sanas y con menos efectos secundarios), el consumo, el trabajo, tener familia, la medicación o el alcohol, otra es el fundamentalismo, que no es más que la renuncia de la libertad. A mí sólo me funciona correr, a los 40 minutos ya no tengo energía para pensar en mí mismo. En esta ocasión me gustaría hablar un poco del sadismo y el masoquismo como instrumentos extremos de olvido de sí mismo.

A mis alumnos/as de enfermería les digo que el dolor es una sensación-emoción extremadamente compleja y que en ningún caso se puede entender desde una perspectiva estrictamente fisiológica y lineal de abajo (daño tisular) a arriba (experiencia sensorial). Un poco provocativamente les comento que cómo si no se puede entender que mucha gente obtenga algún tipo de gratificación de infringirse dolor. Les pongos dos ejemplos, el sado-masoquismo en el sexo, aquí algunos/as alumnos/as se miran extrañados unos a otros, y el segundo, algunas prácticas religiosas que todavía siguen siendo realizadas por algunos grupos, por ejemplo la flagelación.

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El dolor en ambos casos es un vehículo de alteración y disolución de la conciencia, de fusión más o menos intensa con otro yo. Uno puede desmayarse de dolor o de éxtasis y puede llegar al éxtasis de la disolución del yo a través del dolor.  Eric Fromm lo dice mejor que yo:

Propongo denominar simbiosis al fin que constituye la base común del sadismo y el masoquismo. La simbiosis, en este sentido psicológico, se refiere a la unión del yo individual con otro (o cualquier otro poder externo al yo), unión capaz de hacer perder a cada uno la integridad de su personalidad, haciendo recíprocamente dependientes”. (Fromm, 1989. P. 160)

En el caso de la relación sexual, el sado-masoquismo conlleva el abandono de uno mismo al poder absoluto del otro, el dolor se convierte así un instrumento de excitación y, finalmente, de fusión entre los practicantes. Exactamente igual que en la práctica religiosa, pero ente caso el amante tiene más enjundia, se supone que es Dios. En esto consiste la poesía mística, en la disolución del yo y la unión con Dios.

En situaciones extremas podemos hablar incluso de deseo de muerte. Freud denominó “Pulsión de muerte” al deseo de volver al estado de armonía, disolución del yo, previa a la vida (Freud, 1920). En algunas orientaciones psicoanalíticas se relacionan el placer y la aniquilación. De hecho, el estado post-orgásmico se denomina en francés “pequeña muerte”.

En los casos anteriores, el abandono del yo, la desidentificación es voluntaria. Evidentemente, se pueden utilizar las mismas técnicas para disolver el yo de forma forzada. Es lo que acontece en los campos de concentración y en los casos de tortura. Aún en estos casos se pueden producir casos de simbiosis entre torturadores y torturados. Primo Levi y otras víctimas del Holocausto y expertos en tortura han debatido sobre este aspecto de la relación entre torturador-torturado. Una acepción por la cual se puede entender el famoso concepto acuñado por Primo Levi “Zona Gris” es la siguiente, la definición es mía: espacio psicológico por el cual la víctima puede llegar a convertirse en cómplice del torturador en un momento determinado del proceso programado de disolución del yo de la misma. Este proceso se observa claramente en la serie Juego de Tronos. En las temporadas tercera y cuarta presenciamos el proceso de simbiosis y disolución del yo de Theon (víctima) en su relación con el sádico Ramsey (torturador). Como corresponde en todo proceso de desidentificación, a Theon se le cambia el nombre, se le asigna el nombre de “Hediondo”.

El masoquismo lo encontramos cerca de y entre nosotros. Por mencionar algunos casos recientes, existe una preocupación creciente por la participación de adolescentes en el juego virtual llamado la “ballena azul”. En este juego una comunidad virtual propone una serie de pruebas a los participantes que deben ir superando y acreditando en la red. Las pruebas consisten en autolesiones y diversas humillaciones que terminan, en la prueba 50, con la muerte. La adolescencia, en nuestra cultura, es una edad de riesgo ya que la conciencia de sí mismo es especialmente intensa. Así, algunos adolescentes pueden sentirse especialmente atraídos por comunidades totalitarias a las que entregarse por completo para sentirse completamente integrados y liberarse de sí mismos. De esta forma, el dolor se convierte en signo de pertenencia al grupo, de prestigio. Ejemplo existen muchos. Por ejemplo, en algunas bandas se les infringe una paliza brutal a los nuevos miembros como ritual de reconocimiento e incitación.

Evidentemente, las personalidades con más rasgos autoritarios son más vulnerables al sadismo o al masoquismo, que son dos caras de la misma moneda. El fascismo no más que sadismo y masoquismo político. Pero lo que es más importante es que todos somos susceptibles, dependiendo del momento vital en los que nos encontramos, a caer en el sadismo o el masoquismo ya que éstos no son más que componentes universales de la compleja condición humana, no son más que herramientas para descansar de uno mismo. De cómo gestionemos nuestro cansancio de existir y nuestras pulsiones sádicas dependerá en gran parte nuestra salud mental.

Referencias

Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Obras Completas. XVIII. Título original: Jenseits des Lustprinzips (7ª (1996) edición). Buenos Aires: Amorrortu.

Fromm, E. (1989) El miedo a la libertad. Barcelona: Paidos Estudio.

Le Breton, D. (2016) Desaparecer de sí. Madrid: Siruela.

Saavedra, J. (2007). Construir la identidad en una comunidad de objetos. Nomadas 16,  363-380.

Para citar la entrada

Saavedra, Javier. (2017, 21 mayo). El sadismo y el masoquismo como forma de olvido de sí mismo. Arder en Preguntas. Recuperado día mes, año (que accediste a la información) de: https://arderenpreguntas.wordpress.com/

Adictos al porno

La Real Academia de la lengua define la pornografía como la “presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación”. La pornografía implica la ausencia de distancia, la muestra de procesos corporales de carácter íntimo de forma pública. La pornografía desvela nuestros cuerpos, y los cambios en ellos acontecidos durante la práctica del sexo, en primer plano y a un nivel, podríamos decir, casi microscópico. Evidentemente, la producción y comercialización de la pornografía tiene, entre otros, motivos mercantiles. En definitiva, es un gran negocio.
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